“Entré en contacto con el vino a raíz de otros conocimientos, como quien hace un amigo”. Así arranca un relato tan personal como certero en el que Tomás Cusiné recorre para Vila Viniteca su relación con el vino y la búsqueda del terruño.

El propietario de la Bodega Cérvoles Celler, parte de la asociación Grandes Pagos de España, habla en primera persona de los cambios y las tendencias en la cultura vitivinícola, un camino que comenzó en 1982 cuando su padre compró la finca Castell de Remei. En ese momento, cuenta Cusiné, “mi vida da un giro inesperado y decisivo. Sin darme cuenta, la uva y el vino entran a formar parte de mí”.
Para Tomás Cusiné aquellos “fueron años de aprendizaje diario”, en los que “las reglas del vino estaban todas escritas. Todo era obvio en la gestión de la viña; no había dudas.” Desde el blog de Vila Viniteca –un referente para la cultura del vino en España desde 1932- el empresario y enólogo catalán comparte una experiencia profesional y vital que es el reflejo de la historia vitivinícola más reciente del país.

“Sentí la llamada del terruño, de la montaña. Y, como miembro de una nueva generación, me rebelé y decidí aventurarme”.

Gracias a la experiencia acumulada, pero también a la intuición. Apostó por un camino que le llevaría a devolverle el protagonismo absoluto a la viticultura, a la vid y a la viña.

#LaExpresiónDelTerruño que defiende Tomás Cusiné está muy presente en las Bodegas Grandes Pagos de España a través de la Bodega Cérvoles Celler -35 hectáreas con variedades cabernet sauvignon, tempranillo, merlot, garnacha, chardonnay y macabeo-. Y es que en sus viñas se practica una filosofía que va más allá de la gestión, y en la que conviven conceptos como el respeto, el arraigo y la agroecología.

“El vino evoluciona, al compás de la sociedad, con un vértigo insospechado”, cuenta Tomás Cusiné en el artículo de Vila Viniteca. Y da algunas pinceladas de este nuevo terruño en el que “dominan las calidades locales, las variedades casi perdidas nos emocionan, las viejas regiones olvidadas se reconocen y se abre un nuevo abanico de aromas y sabores hasta ahora poco valorados”. El consumidor, cuenta, es más maduro y exigente, el reflejo de “una generación libre y dinámica que trata el vino con pasión, dedicación y esfuerzo y que dejará una gran huella, no sólo como pequeños elaboradores de vinos singulares. Su influencia se está haciendo patente en los grandes elaboradores que actualmente ya se preocupan por poner en práctica la filosofía de los más cuidadosos”.
El enólogo y gran maestro en el ensamblaje de vinos explica cómo “en los últimos quince años, el vino ha evolucionado en algo menos académico, más heterodoxo, ecléctico, heterogéneo, inconformista, pasional y mágico”. Y también confiesa que “ahora, cuando ya llevo más de treinta vendimias, es tiempo todavía de muchas preguntas con muchas posibles respuestas.”